Eran días de agitación entre el pequeño grupo de conocidos que éramos: un amigo del novio de mi hermana había conseguido trabajo en un bar que vendían pizza, cerveza y algunas cosas más. Eso significaba la posibilidad de una temporada de trabajo por lo menos divertida.
Trabajo
hubo, sí, pero diversión no. Resultó que el dueño del lugar era
un nene pesadito, tenía varios bares y en uno apuñalaron a un tipo.
La noticia conmovió a la ciudad.
Al día siguiente nos
apersonamos al local para trabajar cuando el amigo del novio de mi
hermana, promovido a encargado, nos desayuna con la noticia “El
dueño va a cerrar un tiempo y dijo que cuando vuelva a abrir nos
llama”. Nos quedamos helados, cuando la changa es la entrada
diaria, perderla de un momento para el otro es bastante
inconveniente.
Uno puede contar las cosas así como así, pero
siempre hace falta el contexto para la buena inteligencia del relato:
Era una época hermosa, Latinoamérica unida, faltaban unos años para el dos mil doce, cuando una serpiente emplumada rompería al mundo y sólo quedarían los fieles, y los capitalistas crecerían en espíritu y serían buena gente, enseñándole a los niños a cultivar teocintle.
Además
militábamos en alguna que otra organización de izquierda, todo era
posible, la paz, la sustentabilidad, la revolución. En esa
agitación, en esa esperanza de entendimiento ecuménico, en ese
resabio distópico capitalista pre-New Age, éramos un simple grupo
de nuevos desocupados.
No podíamos permitirlo, no.
La decisión fue unánime: ocuparíamos ilegalmente el boliche hasta que se presente el dueño con un jugoso cheque por el monto del jornal del mes, más la promesa de reincorporación.
Hicimos una pequeña barricada para trabar la puerta doble hoja de cristal y esperamos dentro. Algún alcohol, algún faso, una pizza. Si Sun Tzu hubiese presenciado la escena que está a punto de ocurrir y la nula preparación estratégico-militar de nuestra cuadrilla de pizzerxs, bacherxs y ociosos, habría derramado alguna lágrima.
Ocurrió así: Aparecieron unos policías aconsejándonos sobre las bondades de salir en contraposición con la desventajas de quedarnos dentro, con un lenguaje algo endurecido. “Que venga el dueño” dijo uno de los nuestros.
“El dueño soy yo” profirió un drogocop, y acto seguido le dió un planchazo a la puerta. Esto provocó el estallido de la misma y el pánico entre nuestra humilde formación. Volaron mesas, sillas, patadas. Me derriban junto a otros y nos sacan a los golpes. A dos los detienen. Los sacan los padres de uno y algunos compañeros abogados y de militancia que hacen rosca afuera de la comisaria.
Pasan los días, andamos medio perseguidos, tenemos que ir a tribunales y después a la comisaría a dar declaración. Aquí es cuando pasa algo misterioso.
Un
policía me hace pasar a una pequeña oficina y se pone a preguntarme
sobre la noche en cuestión y sobre el trato que recibimos de los
médicos de la comisaría. Tipeando con sus índices, registraba
cuanta palabra yo decía.
En un momento me dice que el no
quiere estar ahí. No, me dice, quiero conocer México. Ahora va a
venir el 2012. Todo va a cambiar ¿no cree usted? Y me habla de su
signo, del día fuera del tiempo, de su sueño de viajar, de las
nuevas espiritualidades. Y lo veo. Veo a un pobre hombre vestido de
azul. Veo mi oportunidad de castigarlo, de redimirlo, y le digo:
¿Usted cree realmente en esto de los Mayas? Si, me dice, convencido.
Lo tuteo y pregunto ¿Entonces qué hacés de policía? ¿Te parece
que se condice espiritualmente con el calendario Maya esto que hacés?
Me mira. Lo miro. Sus ojos brillan. Llora un poco. Me levanto y le doy agua y, tocándole el hombro, le digo “Sé valiente”. “Sí” me dice. “Hoy renuncio”.
Lo
de los mayas no pasó, creo, pero yo liberé a un tipo de su cárcel
de uniforme.
Me gusta imaginarlo vendiendo panchos a la salida
de Chichén Itzá.
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