Todo era ocre en aquellos años, los plásticos traslúcidos sobre todo, y tenía todo un aroma como de recién pintado, de recién cocinado por una madre cansada. Recuerdo las luces naranjas de tungsteno y los largos recorridos por las avenidas de la ciudad, los noventa con su ruido, su promesa, la ciencia al servicio del hombre cumpliendo la recomendación bíblica de ser señores y señoras sobre la Naturaleza y cuanta carne y materia anduviera por el mundo. No terminábamos de hacer andar la videocasetera que llegaron los devedés, lo mismo con la música, antes de los cd’s teníamos las canciones con las puntas cortadas como por una tijera de primaria, con un locutor exagerado sobre el tema de moda que aprendimos a querer y bailar en el comedor de la casa gracias a los cassettes vírgenes, grabados mil veces, cinta scotch en los agujeritos cuadrados. Éramos chicos y chicas, ignorantes del vómito industrial hacia la atmósfera, de los saqueos internacionales, del rastro de ...