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Viaje a Rosario 1

 

Viaje a Rosario 1

1.

Llegué a Rosario dejándome convencer de bajarme antes de arribar a destino.

Me persuadieron dos mujeres desconocidas, que me invitaron a una feria del libro autogestiva, en el tren que iba Jujuy. “Te bajaste por las minas” me dice una riendo, me mira mientras yo cargo en mi espalda una mochila gigante y un bolso que equivale a tres valijas que llevan casi todo lo que me quería llevar, viajero sin experiencia, y también una depresión gigante que empieza a sanar, un corazón seco, la curiosidad y la esperanza, ese gran hechizo.

Este viaje empezó antes. Empezó frente a un pequeño espejo que me devolvía mi cara y dos palabras, arriba y adelante. Empezó en esa fiesta en la que una compañera se reía de mis zapatos y un boludo me miraba desaprobándome. Empezó entre puchos y un techo roto del cual me caí, puteando en el baño, o en un Cyber leyendo un e-mail de Natalia en el cual me informaba que ya no.

Recién llegado a Rosario, dejé mi casa-mochila en un rincón del edificio donde se está realizando la FLIA, una feria del libro hermosa donde se intercambia de todo menos plata.

No conozco a nadie, ni al lugar, ni a mí en éstas circunstancias.

En la FLIA charlo con la Polen, chilena que hacía parches, con una mujer de la editorial Sudestada que no me agarra en buen momento, con muchos y muchas jóvenes. En la FLIA vi a Max Cachimba hacer un sketch absurdo, de lo mejor que vi en mi vida. Un poeta, Ioshua, hace una arenga efusiva y profunda sobre su sexualidad. Al final de esa jornada, vamos a una fiesta en una editorial.

Habrá buena fortuna. La fortuna se me presenta en la persona de una piba cuyo nombre no recuerdo, que tocaba el violín y trabajaba en bici, que me deja parar en su casa unos días y me da una llave, así sin más y unos días después Ezequiel, que me prestó su casa como quien presta una campera.
(Yo era pibe, era lumpen, estaba sin un mango. Ezequiel, perdoná por toda la molestia).

En lo de Ezequiel me quedé algunas semanas. Me fui al otro día de haberme fogueado en un semáforo. Me despojé de todas mis pertenencias que había llevado: libros, CD’s, un cenicero ¿Para qué? una guitarra. Y tanta ropa.
Antes de eso, caminaba desde lo de Ezequiel al centro casi todos los días, a buscar algo.

Eran casi 9 kilómetros de ida y 9 de vuelta, de pura aventura diurna. Conocí la vergüenza de estar desubicado, el miedo de estar sólo. Pero quién no conoce.

Conocí la solidaridad de los marginales. Cuando uno tiene hambre y no tiene trabajo, trata de conseguir comida de alguna forma. Me había gastado el poco dinero que llevé y había perdido el favor del destino que me había estado regalando plata, en cantidades decrecientes, hasta que el último billete de 5 pesos era una advertencia de lo por venir. Una tarde, me encontraba revisando un container por comida. Siento que atrás mío se detiene una bicicleta, cuya conductora me habla: una mujer trans, triste y humilde, me pregunta si necesito algo y me invita a comer a su casa. Rechazo la invitación, por miedo, por prejuicio, por idiota. Nunca pude agradecerle como se merecía. Bertold Bretch dijo: “Hambriento ¿Quién te dará de comer? Los hambrientos te darán de comer”. Las travas, lxs trans, lxs cuidacoches. Lxs crotxs. Esos seres te darán de comer. Y si pueden, te van a convidar vino tinto.
Los días previos al Día que aprendí a hacer plata no me los acuerdo mucho, sólo me acuerdo del día anterior: cuando conocí a Luminoso. Luminoso era misionero, rubio, flaco y pausado. No se animaba a llamar a su mamá. Se había ido de su casa hacía unos meses, esquivando la pobreza de Misiones para ir a aterrizar a la violencia de Rosario. Me preguntó qué andaba haciendo, me llevó a un semáforo y nos dieron monedas. Uno de los autos le dio dos pastillas de menta, de las tictac. Luminoso me las mostró, me pasó una y me dijo: “Esto, esto es comida”.
Pero la comida vino después. Luminoso me acompañó, me llevó, fue mi
Virgilio para entrar al mundo de los crotos y las crotas. Estaban el Canalla, Luisito, el Pata y la Vito, alguno más, el pibe Swift creo. Empezaron a mostrar sus tesoros, algo de queso, recortes de pan, un montón de pollo. Alguien trajo una lata de tomate de las grandes que usó como cacerola y se puso a cocinar. El Guernica, uno de los cuidacoches, nos miraba. Comimos pollo con queso derretido, de calidad gourmet. Tomamos vino. Fue, en suma, un momento feliz. Es curioso como percibimos la felicidad o la angustia a lo largo de nuestra vida. Un poco de comida compartida, servida en platos improvisados o fondos de botellas de gaseosa cortadas, los sarcasmos, los chistes y el miedo en la semioscuridad de la estación Rosario Central fueron elementos de una de las noches más bellas y misteriosas que he vivido. La felicidad acecha en cualquier esquina, entre las ramas de un gomero y quién sabe dónde más.

El Canalla me aguantó el colectivo y volví a dormir, por última vez, a lo de Ezequiel.


2.

El Manolo, amigo como pocos, era un niño en un cuerpo de adulto con una coordinación para el malabar impresionante. Lo he visto hacer malabares con 6 discos plásticos por distracción. El Manolo me ayudó a sobrevivir. Yo de tirar pelotitas, nada: de arte callejero sólo sabía hacer unas pocas acrobacias y alguito de swing. Fue tomar unas birras con Manolo y Luisito y ponernos a hacer acrobacias: Manolo se subía a mis hombros, de pie, y así parado en esa acrobacia llamada “Doble altura” él hacía malabares con tres clavas. Llovían las monedas.

Con el Manolo y Luisito íbamos al mismo semáforo, en Roca y Wheelwright. Era hermoso ver a Luisito, un tipo inteligente o astuto, escabiarse un poco y cansarse de hacer su rutina de pelotitas. Cuando se cansaba, la estrategia de negocios era más simple. Le golpeaba la ventana a algún auto o si la tenía abierta, le empezaba a hablar al conductor. De cualquier cosa. Hilaba las palabras como un relator de fútbol. Académico, elegante, insoportable. El fin de éste modus operandi del mangueo era simple: le pagaban para que no hable más. Y cómo. Tenía la cara de roca, según sus propias palabras. Era el hombre más triste que conocí: los ojos ausentes detrás de una sonrisa gigante y también ausente.

En ese semáforo paraba Baglietto, aunque homónimo del cantautor de la trova rosarina y dueño de talento musical para el canto, nuestro Baglietto había aspirado a una ascética vida de limpiador de vidrios de autos, a cuyos conductores deleitaba con canciones de Pappo o amenazas ininteligibles.

A mí me decía “el chabón” y a Manolo lo apodaba “ñandú” cariñosamente.

Manolo fue mi amigo. Mi hermano. Digo fue porque hace años que no lo veo ni consigo comunicarme por ningún lado, aunque me haya esmerado en buscarlo por la red de redes. Era un tipo gigante, divertido, de un despojo absoluto. Andaba descalzo por inocencia nomás. Nunca hablamos mucho de su familia, salvo su abuela que vivía en Mar del Plata. Quizás que ambos fuésemos oriundos de la misma ciudad nos acercó, empezamos a patear juntos. Teníamos largas charlas. A diferencia, dios me perdone, de los otros crotos y crotas, el Manolo no era tan vicioso. Desayunábamos yogur y frutigran. Los otros desayunaban poxi-ran o faso. Si querían ser más saludables, una cerveza.
Un día íbamos caminando y Manolo quiso saludar a una galera de crotos que merodeaban por otra plaza. Al saludo de Manolo uno de ellos, el vocero digamos, hostilmente nos dijo que no, no, no hay buena onda con ustedes, con vos, le dice a Manolo. Creyendo que era un chiste éste indaga el porqué, Porque sos un malabarista cheto, fue la respuesta. La carcajada de Manolo fue tan explosiva que nos fuimos riendo los dos, sin contestar. Imaginate, me decía, cheto yo que duermo en la calle.
Siempre me sorprendió ése oxímoron. Cómo tendría que estar el tipo para separar en clases sociales a lxs crotxs. A esas perplejidades filosóficas y psicológicas nos somete este sistema de indiferencia.
No hay lugar para todos y todas, simplemente hay algunos rincones del mundo para habitar sin ser comido, la libertad de elegir desaparece a la primer diferencia en las oportunidades.


3.

Los días pasaron cargados de rutinas, aventuras y aprendizaje.
Hoy me pregunté para qué estoy escribiendo esto. Y la respuesta es: para no olvidar. Para no olvidar por dónde anduve, para no olvidar lo que aprendí. Para recordarme lo lindo de no tener prejuicios. Como la noche que el Canalla me pidió que lo ayude a hacer una consulta al pequeño I Ching con el que yo andaba. Estupefactos, borrachos de misterio ante ese dios impreso que respondía claramente a las dudas y miedos. Así nos recuerdo bajo un farol naranja. O la noche que Manolo observaba el río y me relataba toda la belleza que encontraba en el Paraná, desde las estrellas a las luces de La Florida, el calor y las palmeras.

Para no olvidarme del policía que, insultándonos, amenazándonos, nos afanó un poco de porro y los liyos desde un caballo y se lo fumó.

Para no olvidarme de la poetisa de Venado Tuerto, que me dio su cariño, de cuya casa me fui caminando a Rosario.

Escribo para no olvidarme de la tarde que se vino una tormenta repentina. ¿Dónde se pueden esconder dos crotos, del agua y el granizo? Nos guarecimos en el baño destruido de un estacionamiento de la calle Roca, pero Baglietto nos invitó a su casa. A comer, a dormir, a secarnos. Su casa, una pensión decorada con posters de Pappo y humildes tallados de madera. Una foto del Che, por supuesto.

Para no olvidarme de agradecer mi ranchito de hoy, ya que tuve miedo al dormirme a la intemperie urbana, ya que tuve que caminar siete cuadras para hacer mis necesidades o, para decirlo sin eufemismos, para cagar todas las mañanas; ya que tuve que bañarme en la turbiedad del río Paraná y quedarme algunas horas mirando la ropa que había lavado hasta que se seque. De éstas incomodidades no culpo a nadie: eran parte de estar en ésa situación. Sólo quiero recordar para valorar.

Para recordar el semáforo de Oroño y el río, al pibe Swift que aprendió a no decirle guarangadas a las mujeres una vez que hablamos, al Propio que con su vodka en botella de esprait revivía como un fénix entre los ligustrines y a Charlie Bustos con su marioneta Wilson, crotos históricos de la élite vagabunda de Rosario.

Para recordar a Alfonsina, elegante y bella, que me invitó a comer y a dormir una noche que se me hizo tarde en la que compartimos café y confidencias.

Para recordar al Mana, que me cobijó en su departamento con almohadones en el piso, buena gente y buena comida las noches previas a emprender la vuelta.

Nunca olvides a quien te ofreció su mano, su alma: sobre todo porque es lo único que tenemos.




4.

Rosario está envuelta en una mitología compleja, dónde conviven anarquistas y música, Lola Mora, Olmedo, una epidemia de lepra y un idioma propio. De dicho lenguaje arcaico conocido como rosarigasino no supe más que los rudimentos, no pude retener la fórmula criptográfica que transforma una simple palabra en su propio enigma y su respuesta. De los mitos que recuerdo, contados en voces cercanas al susurro, entre dudosos hippies y rockeros vendedores de alpargatas, recuerdo La Leyenda de la Vaca.
Para quien no conoce Rosario, es necesario que sepa que, frente a las costas del río Paraná, hay varias islas, algunas deshabitadas, otras explotadas ilegalmente para pasturas, y otras agrestes e indómitas entre la penumbra de sus jacarandaes. Resulta que una vez, en un matadero de la costanera, hubo una revuelta. Pero no de empleados, sino de una vaca, resuelta a no ser achurada y posteriormente, comida.

Ésta vaca logró zafarse de los ganchos y los dedos de sus captores, salió corriendo, tiró en su huida la manga y unos palos que contenían al ganado y en un acto de arrojo, de insolencia, acaso embriagada de libertad y locura, se lanzó al río.

Las vacas son grandes nadadoras, pero que una vaca cruce el río Paraná después de una lucha titánica y logre cruzar a las islas, es una hazaña a celebrar. Meses, años, siglos más tarde aún se divisa entre los yuyos la silueta de ésta shorthorn liberta. Nunca esperes que tu captor o tu opresor afloje las cadenas: Luchá y arrojate al río, que del otro lado te espera la libertad o la muerte, pero nunca una parrilla.

De otro milagro del que también guardo recuerdo, pero no ya de un relato sino de haberlo presenciado con mis propios ojos, es cuando el Mana puso en práctica algo de lo más complejo y sagrado, prácticamente la base del Tao Te Ching: el no-hacer.

Relato los hechos.

Se acercaba el verano y el calor se sentía. La mayoría de los estudiantes del interior se habían retirado a sus pueblos, y la ciudad solitaria se secaba bajo el sol.
En esas horas de calor inmenso, los semáforos no son laborables y los crotos buscan el solaz de un parque o un fernet. Esa mañana decidimos ir al río. Habíamos descubierto hacía rato una bajada,
que desembocaba a una pequeña playa de barro que la usábamos para ir a bañarnos o fumar cuete. La orilla era estrecha, nos cercaba un pequeño acantilado, y al frente de éstas playas terrosas habían unas especies de plataformas, muelles abandonados: no sé que serían. Pero eran como unas bases de cemento de 5 metros de lado, cuya explanada estaría a unos 8 o 10 metros de la superficie del agua y sobre ellos no había, por supuesto, ni vegetación o tierra.

Lo contrario a un oasis.

Habíamos logrado subir a uno de esos páramos artificiales. Tratamos de “pescar” usando unas latas y caracoles como carnadas. Empezaba a escasear la bebida y era hora de refrescarse.
Estábamos en silencio, dejándonos quemar, sentados, vencidos. Esa quietud fue interrumpida por el Mana, quien dijo: “Ya vengo” y casi al mismo tiempo, saltó al río.

No puedo expresar la impresión que sentimos al verlo desaparecer.

Al rato volvió. Era un héroe y un loco. ¿Cómo hiciste? Preguntábamos.

Apagué el cerebro: No hay que pensar” fue la sentencia. Lo intentamos en vano. Nos acercábamos al borde y reculábamos, nos congelaba el miedo. Y de repente lo sentí. El Mana me tocó el hombro creo, lo miré a los ojos creo y sus ojos me indicaron que era el momento. El espíritu del Mana me transmitió el saber del no hacer, acaso por telepatía o simple bendición. Corriendo pero viviéndolo en cámara lenta, me acerqué al borde. Todo se detuvo: Las nubes, la corriente del mismo Paraná, los planetas en sus órbitas. Mi mente se detuvo. Cuando reanudó toda la actividad y el tiempo retomó su camino sin pausa hacia la entropía, yo ya estaba sumergiéndome en el agua, de cabeza. Retorné al estado consciente a metros de la orilla, pataleando y boqueando.


5.

La mayoría de las crotas y los crotos son gente con cultura, con alguna habilidad o alguna inteligencia desarrollada. Tal era el caso del Guernica, por ejemplo, cuidacoches conocedor del inglés al punto de traducir al vuelo canciones de Cypress Hill. O Luisito, con conocimientos matemáticos y de física que le permitían calcular el trayecto de una pelotita de goma con precisión, o Manolo, con sus habilidades malabarísticas desarrolladas. Y hablando de cultura, me acuerdo de un acercamiento cultural extraño.
Erraba por las calles de Rosario una persona.
A los ojos de un incauto, parecía un loco. Un hombre negro, atlético, de ojos profundos. Andaba en un jean en harapos, con el culo al aire. Una tarde de la rutinaria indolencia debida al calor, estaban el Pata y la Vito durmiendo una siesta, cuando éste tipo se acerca a ellos, que dormían y empieza a observarlos, silenciosamente.

Cuando nos dimos cuenta, estaba a escasos metros, pero la Vito ya había despertado y le trataba de hablar. El tipo no entendía, no podía entender el idioma, a lo que nos acercamos como para que vea que éramos varios.

En una de esas me acuerdo del novio de una conocida, que era de Senegal y hablaba francés. Yo que picoteo frases de acá y de allá, le pregunto qué quiere en un francés amateur. Me miró con entendible rencor colonial y por primera vez lo escuchamos: “Francés no”. Prosigo en inglés y ahí se agarra los restos de ropa que le colgaban y me dice “Yo no visto así”. E inmediatamente después, de un sólo salto, trepa el muro que coronaba el terraplén a un par de metros sobre nosotros y no lo vimos más. Me acuerdo que cuando cayó del otro lado del muro, salió volando una bandada de pájaros ¿Serían él? Con algunos relatos del Guernica, fuimos reconstruyendo la historia. Polizón o refugiado, éste muchacho de tierra adentro, conocedor de soledad y fauna remotas, había llegado a Rosario en un barco, había intentado en vano comunicarse, volver a su pueblo, hacer dinero y vestir ropas ajenas hasta que la realidad inconcebible directamente lo cansó. Es por ésto que comprendo su decisión de volverse una bandada de golondrinas.


6.

Antes de irme de Rosario a Mar del Plata, donde vivía previo al viaje, era mi destino vivir una noche que me acompaña en el recuerdo y en la piel.

Pasó así. Estábamos en nuestro hogar, la estación Rosario Central. Es necesario contar un detalle mundano, ya que La Teoría del Caos plantea básicamente que cualquier acción puede devenir en un efecto impredecible y mayúsculo. Sería de una arrogancia extrema pensar que un simple croto ha dilucidado las causas y efectos de la compleja interrelación de las energías, objetos y hechos del universo.

De todas maneras, un hecho mínimo, una simple discusión, desató el caos en esa noche. Resulta que la Vito y el Pata eran una pareja feliz, pero cada persona tiene una historia y la historia de Vito, la valkyria de la calle, incluía haber tenido una relación amorosa con el Mana. El Mana, nuestro mesías del Tao, nuestro protector acaso, también tropezó con la debilidad de la carne y los celos. Es así que bajo la influencia del acostumbrado alcohol y el humo de la noche, Mana y Pata empezaron a discutir vaya a saber de qué, y sin mediar muchas palabras, empezaron a pelear. Es difícil relatar un momento que no se ajusta a un flujo temporal cotidiano. Mientras se ejecutaba esa contienda había un contexto cercano: Luisito invocando arcaicas leyes de masculinidad tóxica que plantean que hay que dejar pelear a los mancebos hasta que uno resulte vencedor, que contrastaba con el ánimo general de separar a estos modestos gladiadores, esclavos de un amor; Y un contexto lejano, que tuvo una injerencia directa. Un grupo de neo-nazis que empieza a alentar la pelea entre insultos y deseos de muerte, matensé negros de mierda, y por orgullo los puteamos un poco.
La reacción fue asimétrica e inesperada: emergieron borceguís, tachas y calvicies de un ligustro y a los pocos
segundos había una guarnición de alrededor de diez mentecatos en formación militar frente a nosotrxs.

Uno de ellos gritó “Angriff, ihr schönen bastarde!o algo así y vimos despegar un misil de cascote hacia nuestro territorio, que aterrizó frente a mis pies.
La ira, la impotencia, la impericia me llevó a levantarlo y devolver el ataque, reducido ya el volumen del proyectil y reducida la cantidad de soldados
de mi tropa, ya que todos excepto la Vito, habían corrido, olvidando sus riñas.

La pequeña cuadrilla de nuestras filas, es decir Vito y yo, tratamos de resistir. En segundos vimos venir la estampida de imbéciles, corriendo hacia nosotros. Patadas, piñas, cinematográficas nociones de artes marciales no sirvieron para evitar, entre todos los golpes que recibíamos, el brazo que se dirige a toda velocidad sosteniendo un cascote hacia mi parietal izquierdo.

El cascote impacta, sí.

Veo luces. Veo fosfenos. Siento olor metálico. Veo a la hueste de descerebrados que no pueden creer que yo siga de pie.

Se asustan y rajan. Se asustan pero no de mi resistencia inesperada (incluso para mí), sino de la cantidad de sangre que emerge por debajo de mi sombrero. Tiemblo.

Río y tiemblo. Empiezan a aparecer los crotos por entre las palmeras: La Vito está bien, todos bien. Luisito que me había hecho bullying desde siempre se ve avergonzado. Todos me rodean, quieren llevarme al hospital. Termino entre vendajes improvisados y coca, para no dormir por la contusión. Termino la noche habiendo conseguido un nuevo respeto fútil e infantil hacia mí, de parte de algunos crotos, un respeto que cualquiera merece sin necesidad de que le rompan la cabeza.

Decido que es hora de volver.


Pos Data:

Los días posteriores a esa noche son laxos. Me recuperé de a poco y empezamos a juntar plata para la vuelta. Hacemos unos mangos y unos días después vamos a un recital de La Renga. Yo me quedo afuera, no tenía ganas de entrar. Unas horas antes lo veo a Luisito totalmente alcoholizado desmayarse frente a mis ojos. Pobre Luisito, una vez lloró porque quería una amistad pero se la pasaba hostilizando a cualquiera que le muestre cariño. Así se odiaba. Fuera del recital banco con las mochilas a Manolo, que después también iba a mar del plata, y veo lo de siempre, represión, milicos a caballo hostigando pibxs.

Apalabramos a alguna camioneta para ir a buenos aires pero no, tenemos que ir en tren, de ahí a mar del plata: nos bajan del tren por no pagar, nos trae una conocida que pasaba por ahí.

Retomo de a poco las actividades de siempre, consigo laburo en la feria y después con mi viejo. Ese verano lo cruzo a manolo dos veces: una para tomar birra y seguir soñando a lo lejos sobre viajar indefinidamente y formar parte de un circo. La última vez que lo vi, me preguntó si iba a arrancar cuando termine el verano.

Yo había envejecido, pulía anillos, andaba en camioneta, me preparaba para el otoño de mar del plata.

Y las noticias fueron llegando de a poco.

Al Pata le disparó la policía. Un conocido del Manolo que le había robado la rutina de malabares (la reconocí cuando lo vi al tipo en un semáforo y le pregunté por él) me contó que andaba por Colombia.
En un viaje posterior y hermoso junto a mi amor Marina, en bici a Rosario, me enteré que Alfonsina falleció en un accidente. En vano busqué al Canalla, al Luminoso, sólo pude verlo a Baglietto y al Guernica, también más viejos.
Escribo esto una década después.

Espero que les llegue mi abrazo a quienes que me abrieron las puertas de sus casas, y a quienes me abrieron las puertas de la calle.

Comentarios

  1. Buenísimo Angel, con esto le respondería a uno que dijo haberte visto no se en donde y me preguntó ¿Que le paso a Ángel?

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