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Oda a la Bicicleta 1

Su historia se diluye como todas las cosas que son algo cotidiano pero también eterno. Aunque haya miles, un sólo espíritu habitan o las habita. Hijas de la inteligencia y un poco también de la pereza, siembran de a poco una anarquía tranquila y silenciosa como ellas. De noche su susurro me ha acompañado y sobre alguna de ellas he sentido el roce de la libertad en el rostro o en mis piernas. Sé de algunos que van en sus tristes jaulas con motor: nosotros vamos flotando despacio. Sobre la tierra soy torpe; sobre su delicada magia soy otra cosa: me despojo de la cárcel de materia, sé volar, sé del equilibrio y la inercia y la matemática, porque no me vengan a decir que es otra cosa, no me vengan a decir que éste ser que me lleva no está hecho de energía mágica u onírica, poblada de aventuras, de viajes, de miedos, como la noche sin luna que me llevó hasta una fiesta en los confines de la sierra, como la vez que nos llevó a otra provincia a mi y a mi compañera, como cada noche que me llevaba por su cuenta hasta mi casa. Cómplice del furtivo viaje al kiosco en horario laboral o de los amantes que se acarician en el avance cadencioso bajo las luces naranjas de una calle con árboles, gala del paseo dominguero del humilde, vehículo individual en el que entra más de una persona. Da todo y no pide nada: ni combustible, ni impuestos, ni patentes. Alejada de los satélites y los radares; sinónimo de independencia, de felicidad, de confianza. No sé como alabarte, oh bicicleta, simplemente te agradezco.

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