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Soltar la mariposa

 

Todo era ocre en aquellos años, los plásticos traslúcidos sobre todo, y tenía todo un aroma como de recién pintado, de recién cocinado por una madre cansada.

Recuerdo las luces naranjas de tungsteno y los largos recorridos por las avenidas de la ciudad, los noventa con su ruido, su promesa, la ciencia al servicio del hombre cumpliendo la recomendación bíblica de ser señores y señoras sobre la Naturaleza y cuanta carne y materia anduviera por el mundo.
No terminábamos de hacer andar la videocasetera que llegaron los devedés, lo mismo con la música, antes de los cd’s teníamos las canciones con las puntas cortadas como por una tijera de primaria, con un locutor exagerado sobre el tema de moda que aprendimos a querer y bailar en el comedor de la casa gracias a los cassettes vírgenes, grabados mil veces, cinta scotch en los agujeritos cuadrados. Éramos chicos y chicas, ignorantes del vómito industrial hacia la atmósfera, de los saqueos internacionales, del rastro de hollín que iba dejando esa marcha hacia el supuesto progreso tecnológico.

Todo era posible en aquellos años, una patineta voladora, hologramas, el amor de una infancia o adolescencia poblada de palabras en inglés, cuando los alumnos y alumnas íbamos al baile de la escuela con hamburguesas en el patio y el perfume de la lejana cabellera de Lorena o Micaela que bailaban los lentos con más pena que gloria.

El viento del verano arrimaba primos y aroma de tilos, y la familia se preparaba y crecía para las navidades con su correspondiente pirotecnia y la parentela ocupada hasta las diez, mas o menos, cuando dejábamos pasear la vista y el olfato sobre la abundancia de la mesa.

Agotadas las reservas de manjares, entre nueces y mantecoles más acorde a climas foráneos que al calor del hemisferio sur, los niños esperábamos las doce y el grito (dulce ésta vez) de nuestra madre: “Papá Noel, llegó Papá Noel”.

Todo era dulce y triste.

Mi viejo cansado durmiendo la siesta para recuperar las horas de la madrugada con el pan, mi vieja y los fantasmas de su poliomielitis. Y el mundo que marchaba derecho y decidido a aleccionarme con los primeros desengaños, los primeros dolores. La familia que no era tan funcional, hermanos y hermanas que crecían, al final, para qué los juguetes y el chavo, Doug, el Sega, para qué tomar la leche si todos crecíamos y mis manos y mi espalda cada vez más grandes. A quién se le ocurrió la gloriosa idea de crecer. Todos lejos, al final, y uno creciendo entre pasto, niño que fumaba y bebía.

Y así uno aprende o cree que aprende, a buscar la felicidad entre las grietas de la vida. A hacerse un personaje para mantener intacto el centro, a vagar con una mariposa en la mano para mostrársela al primero o la primera que se interesara un poco, a tratar de demostrar que sí, que uno valía, que uno sabía.

Todo era posible, casi todo era dulce, pero el destino tenía una forma exacta e ineludible, donde también la tristeza, también la pobreza, todo era posible.

Acá estamos ahora, en las márgenes de la historia preguntándonos qué pudo haber sido de nosotros. Y tratando de entender lo que se es. Lo que soy.

Lo que quedó de la experiencia, de la infancia apurada y la militancia ensordecedora, el escabio prematuro, las drogas porque sí, tanto libro y papel y lápiz.

Lo que uno fue eligiendo, el amor.

Lo que la vida nos regaló: unos hijos para los cuales cualquier adjetivo queda corto.

Todo era ocre en aquellos años, y dulce y triste y posible.

Pero hoy todo brilla, con el resplandor perpetuo del amor que nos nace.


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